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Sostenibilidad y RSC

Huella de carbono en quirófanos: medidas para reducir el impacto

El bloque quirúrgico de un hospital medio es, hoy por hoy, una de las áreas con mayor densidad de emisiones de gases de efecto invernadero por metro cuadrado.

Huella de carbono en quirófanos: medidas para reducir el impacto

No es una afirmación retórica: el sector sanitario en su conjunto aporta alrededor del 4,4 % de las emisiones netas globales de GEI, lo que lo situaría como el quinto emisor mundial si fuera un país. Dentro de ese porcentaje, los quirófanos concentran una proporción desproporcionada, alimentada por la climatización continua, la esterilización intensiva, el material fungible y, sobre todo, los gases anestésicos inhalatorios que cruzan cada mañana las puertas del bloque quirúrgico para no volver metabolizados. Ahí está la grieta por donde se escapa, sin que la mayoría de los cuadros de mando hospitalarios lo registren, una parte muy relevante de la huella climática del centro.

Reducir la huella de carbono en quirófanos exige, por tanto, actuar sobre varias capas a la vez. Hay decisiones de infraestructura que requieren inversión y planificación, pero también cambios clínicos y de gestión que pueden ponerse en marcha con los equipos y la tecnología disponibles. La anestesia es el ejemplo más evidente: una modificación en la selección del agente, en el flujo de gas fresco o en la indicación de una técnica intravenosa puede tener un efecto inmediato sobre las emisiones del bloque.

El impacto ambiental del bloque quirúrgico: una realidad invisible

Cuando se habla de sostenibilidad hospitalaria, la conversación suele girar en torno a residuos, plásticos de un solo uso o eficiencia energética de la climatización. El bloque quirúrgico, sin embargo, opera con una lógica distinta: es un entorno de altísima rotación, con aire tratado de forma permanente, equipos de alto consumo y, sobre todo, gases que se liberan de manera difusa y continua. Eso lo convierte en un punto caliente de la huella de carbono que rara vez aparece desglosado en los informes ambientales corporativos.

La eficiencia energética en bloques quirúrgicos no depende únicamente de apagar equipos al terminar la jornada. Los requisitos de ventilación, la presión diferencial, la temperatura, la humedad y los niveles de renovación de aire condicionan la operación incluso cuando no hay una intervención en curso. Por eso, cualquier medida debe distinguir entre las áreas que necesitan funcionamiento continuo y aquellas en las que puede ajustarse la climatización sin comprometer la seguridad ni la normativa aplicable.

No existe una única palanca capaz de resolver el problema. La reducción de emisiones depende de cómo se combinan las decisiones sobre instalaciones, actividad quirúrgica, compras, anestesia y residuos. También de si el centro mide lo que ocurre dentro del bloque o se limita a extrapolar el consumo general del hospital.

Tres vectores explican buena parte de la concentración de emisiones en el quirófano:

  • Consumo energético de la climatización. La ventilación, la presurización positiva y los flujos de aire controlados exigen un tratamiento prácticamente continuo, con un coste eléctrico que se dispara frente al de otras áreas asistenciales.
  • Material fungible y residuos. Batas, guantes, compresas, dispositivos y parte del instrumental de un solo uso configuran un residuo sólido específico que requiere trazabilidad y gestión diferenciada, con la correspondiente huella incorporada a la fabricación, el transporte y el tratamiento final.
  • Gases anestésicos inhalatorios. Es el factor invisible. Una parte mayoritaria del gas anestésico administrado no se metaboliza en el paciente y se exhala directamente al circuito y al aire del quirófano, desde donde puede terminar en la atmósfera sin tratamiento específico.

El inventario ambiental de un hospital suele recoger el consumo eléctrico y la gestión de residuos con bastante más facilidad que las emisiones anestésicas. El gas se compra desde farmacia, se administra desde el puesto de anestesia y abandona el centro por el sistema de extracción. Entre esos tres puntos se pierde la trazabilidad que permitiría saber cuánto se ha utilizado, cuánto se ha eliminado y qué cantidad se ha emitido realmente.

La anestesia inhalatoria no es un detalle marginal del balance ambiental: cada decisión sobre el gas utilizado y el flujo administrado modifica de forma directa la huella climática del quirófano.

Este tercer vector es, además, uno de los más accionables a corto plazo. A diferencia del consumo energético, donde la palanca depende en buena medida de inversiones estructurales, o de los residuos, donde la innovación de materiales aún está madurando, la gestión del gas anestésico admite decisiones clínicas y de compra que se pueden ejecutar en el siguiente ciclo operativo.

Eso no significa que la energía o los residuos sean secundarios. Un programa serio debe abordar la compra de materiales, la reutilización segura cuando esté indicada, la segregación correcta y la programación de equipos. Pero empezar por los gases permite obtener resultados visibles mientras se diseñan cambios más lentos en instalaciones, logística y cartera de proveedores.

La actividad del bloque también importa. Una programación que reduzca cancelaciones, tiempos muertos y encendidos innecesarios puede mejorar el uso de la infraestructura, aunque no todas las salas puedan someterse al mismo régimen de climatización. La sostenibilidad no debe convertirse en una orden genérica de apagar o reducir, sino en una revisión técnica de qué consume cada espacio, durante cuánto tiempo y con qué margen de ajuste.

La paradoja de los gases anestésicos: potencial de calentamiento y persistencia

La anestesia inhalatoria moderna se asienta sobre gases halogenados —sevoflurano, isoflurano y desflurano— y sobre el óxido nitroso. Son moléculas estables, una característica que facilita su uso clínico y su almacenamiento, pero que también explica su impacto ambiental. Una vez exhaladas, pueden permanecer en la atmósfera durante un periodo relevante y contribuir al calentamiento global. En el caso del óxido nitroso, además, existe un efecto sobre la capa de ozono.

El potencial de calentamiento global a cien años, conocido como GWP100, permite comparar el efecto climático de cada gas con el del dióxido de carbono. No es una medida del volumen utilizado ni sustituye al cálculo de consumo real, pero sí ayuda a entender por qué pequeñas cantidades de determinados anestésicos pueden tener un peso desproporcionado en el inventario de emisiones.

Gas anestésicoPotencial de calentamiento a 100 añosPersistencia atmosférica aproximadaNotas operativas
DesfluranoHasta 2.500 veces el CO₂Más de 20 añosMayor impacto por unidad; uso decreciente en la práctica clínica
IsofluranoAlrededor de 500 veces el CO₂Aproximadamente 3,6 añosUso consolidado en mantenimiento anestésico
SevofluranoAlrededor de 125 veces el CO₂Aproximadamente 1,2 añosHabitual en inducción y mantenimiento
Óxido nitroso (N₂O)Alrededor de 298 veces el CO₂Aproximadamente 114 añosTambién contribuye al deterioro de la capa de ozono

Las cifras deben interpretarse junto con la cantidad utilizada, el flujo de gas fresco, la duración de la intervención y la técnica anestésica. Un gas con menor persistencia no se convierte automáticamente en una opción de bajo impacto si se emplea en grandes volúmenes o con flujos innecesariamente altos. Del mismo modo, reducir el desflurano es una prioridad clara, pero no basta con sustituirlo de forma automática por otro agente sin revisar el conjunto del protocolo.

El dato clave para la planificación es este: no todos los gases pesan lo mismo. Una hora de mantenimiento con desflurano puede multiplicar de forma muy notable el impacto de esa misma hora con sevoflurano. Y si esa hora se sustituye por una técnica intravenosa total —TIVA— o por anestesia regional, el ahorro potencial en la partida de gases puede acercarse al 90 %, siempre que la indicación clínica, la seguridad del paciente y la experiencia del equipo lo permitan.

La comparación no debe quedarse en el precio de cada frasco. El cálculo útil combina el consumo del agente, el flujo de gas fresco, la tasa de utilización por intervención y la frecuencia con la que se emplea cada técnica. El hospital que únicamente compara el coste de adquisición puede pasar por alto el coste ambiental y operativo de mantener un gas de alto impacto en la práctica cotidiana.

Priorizar la sustitución del desflurano no es una cuestión simbólica: es una de las decisiones con mayor retorno potencial por euro invertido en la descarbonización del bloque quirúrgico.

También conviene evitar una lectura simplista de la tabla. La elección anestésica es clínica antes que ambiental. La sostenibilidad debe incorporarse a la decisión cuando existan alternativas seguras y equivalentes, no convertirse en una obligación que ignore las características del paciente, la intervención o la situación del equipo.

El óxido nitroso merece una consideración específica. Su persistencia atmosférica es muy superior a la de los agentes halogenados más utilizados y su impacto no se limita al calentamiento global. Por eso, el análisis de su consumo debe incluir tanto las indicaciones clínicas como las posibles pérdidas del sistema de suministro y la disponibilidad real de alternativas. No basta con declarar que se utiliza poco: hay que saber en qué procedimientos se mantiene, con qué frecuencia y por qué.

Estrategias clínicas para una anestesia de bajo impacto ambiental

Aquí es donde la consultoría interna se separa del greenwashing. No se trata de reducir emisiones como eslogan, sino de desplegar un protocolo concreto que el equipo de anestesia pueda aplicar en el siguiente ciclo operativo. Las medidas de reducción de gases anestésicos deben estar integradas en la práctica diaria, con responsables claros y un sistema sencillo para comprobar si se cumplen.

Tres líneas de acción concentran buena parte del potencial:

1. Retirada progresiva del desflurano y del óxido nitroso. Es la medida estructural. El primer paso no tiene por qué consistir en una prohibición abrupta, sino en identificar las indicaciones en las que existen alternativas adecuadas, revisar el stock y limitar la reposición a los usos clínicamente justificados. La decisión debe pasar por el servicio de anestesia, farmacia y el comité de farmacia y terapéutica.

2. Implantación de anestesia de bajo flujo. Reducir el flujo de gas fresco desde valores elevados hasta rangos bajos, cuando el equipo, el circuito y la monitorización lo permitan, disminuye de forma significativa el volumen de gas halogenado que atraviesa el sistema. Requiere formación, comprobación de fugas, vigilancia de la concentración inspirada y espirada, y una adaptación progresiva de los profesionales.

3. Migración a anestesia intravenosa total o a técnicas regionales cuando la indicación clínica lo permita. Estas opciones reducen o eliminan la emisión de gases halogenados, aunque trasladan parte de la evaluación ambiental a los fármacos, los dispositivos y el consumo energético asociados. No existe una técnica universalmente sostenible: existe una selección más ajustada a cada caso.

El bajo flujo no consiste simplemente en girar una rueda y reducir el caudal. El personal debe conocer el comportamiento del circuito, la respuesta del vaporizador, el tiempo necesario para modificar la concentración anestésica y la importancia de la monitorización. Una implantación deficiente puede generar inseguridad, aumentar el consumo por correcciones sucesivas o provocar que el equipo abandone la medida por falta de confianza.

La anestesia intravenosa total tampoco debería presentarse como una sustitución automática. Las bombas de infusión, el uso de material desechable, la preparación de los medicamentos y la gestión de los residuos forman parte del balance. La comparación ambiental tiene que considerar el procedimiento completo, sin convertir una etiqueta tecnológica en una garantía de sostenibilidad.

Cada palanca tiene su propio ritmo de despliegue, y conviene planificarlo así en el comité de dirección:

  • Retirada del desflurano y del N₂O: decisión del comité de farmacia y terapéutica, con apoyo del servicio de anestesia. El centro debe revisar las indicaciones, el stock disponible, los contratos y las alternativas clínicas antes de fijar el calendario.
  • Bajo flujo: formación específica, revisión del mantenimiento de los equipos y ajuste de los protocolos operativos. La medida puede integrarse en el plan de formación continua del servicio.
  • TIVA y técnicas regionales: disponibilidad de bombas, formación avanzada y protocolo clínico. Su implantación debe vincularse a la cartera de procedimientos y a las competencias reales del equipo.
  • Registro del consumo: incorporación de los datos de cada gas al sistema de farmacia o al cuadro de mando del bloque. Sin este paso, la reducción queda en una impresión subjetiva.

Una política de compra puede reforzar el cambio. Si el hospital adquiere agentes de alto impacto sin revisar sus indicaciones, el protocolo clínico tendrá poco recorrido. Si, en cambio, farmacia comunica el consumo por servicio y el comité analiza la evolución junto con los anestesistas, la sostenibilidad deja de ser una recomendación abstracta y se convierte en una variable de gestión.

El registro debe ser útil para la práctica, no una carga administrativa desligada del trabajo clínico. Puede comenzar con indicadores sencillos: cantidad de cada agente adquirido, consumo por periodo, consumo asociado a determinados tipos de intervención y evolución del uso de desflurano, sevoflurano, isoflurano y óxido nitroso. La lectura mejora cuando se relacionan esos datos con la actividad quirúrgica, porque el consumo total puede aumentar o disminuir simplemente por cambios en el número y la complejidad de las operaciones.

También es razonable revisar los protocolos de cada especialidad. No todos los procedimientos necesitan el mismo mantenimiento anestésico ni presentan las mismas posibilidades de recurrir a técnicas regionales o intravenosas. Una recomendación demasiado general puede fracasar porque no tiene en cuenta la realidad del quirófano. La medida gana credibilidad cuando los propios equipos identifican dónde pueden cambiar sin comprometer la atención.

Tecnologías de captura y reciclaje: cerrar el círculo del gas exhalado

Incluso con las mejores prácticas clínicas, una fracción del gas halogenado escapa inevitablemente del circuito anestésico. Para ese residuo existen sistemas de captura que evitan su emisión directa a la atmósfera. El ejemplo más extendido es la tecnología de adsorción sobre carbón activado, comercializada bajo referencias como CONTRAfluran™, que recoge el gas exhalado al final de la intervención para su posterior recuperación y reciclado industrial, por ejemplo, como materia prima veterinaria o para usos técnicos.

La captura introduce una lógica distinta en la gestión de residuos del quirófano. El cartucho utilizado deja de ser un consumible indiferenciado y pasa a necesitar almacenamiento, retirada, transporte y trazabilidad. Por eso, el análisis no debe limitarse a instalar el dispositivo: hay que diseñar también el circuito posterior y comprobar que el material capturado llega a un proceso de recuperación o tratamiento adecuado.

Antes de evaluar una tecnología de captura, conviene tener claros cuatro puntos:

  • Qué captura y qué no. No todos los sistemas retienen todos los gases. Hay que verificar la compatibilidad con sevoflurano, isoflurano y, sobre todo, con el óxido nitroso, que por su comportamiento físico-químico puede requerir tecnologías específicas.
  • Coste por procedimiento. Es preferible solicitar un coste total de propiedad durante varios años, no solo el precio del consumible. La cifra debe incluir cartuchos, mantenimiento, formación, retirada y posibles adaptaciones del circuito.
  • Integración logística. ¿Dónde se ubica el sistema? ¿Requiere obra en el bloque quirúrgico? ¿Interfiere con el cambio rápido de pacientes? La operativa del quirófano no admite fricciones adicionales que comprometan tiempos o seguridad.
  • Trazabilidad y reporting. ¿Qué métricas ofrece el fabricante? La tecnología será más útil si permite estimar el gas capturado y traducirlo a emisiones evitadas con una metodología transparente.

La captura no sustituye a las medidas clínicas; las complementa. La secuencia lógica es: primero reducir el flujo y eliminar el desflurano siempre que sea clínicamente adecuado; después, capturar el residuo inevitable para minimizar la fracción que llega a la atmósfera. Hacerlo al revés —capturar sin reducir— es menos eficiente desde el punto de vista del retorno de la inversión y puede crear una falsa sensación de control.

También debe revisarse el ciclo de vida del propio sistema. Un cartucho de captura tiene materiales, transporte y un proceso de recuperación que generan impactos. La pregunta correcta no es si el dispositivo elimina por completo la huella, sino si la reducción conseguida compensa esos impactos y cómo se demuestra. La respuesta debe formar parte de la evaluación ambiental y económica del proyecto.

La gestión del cartucho debe integrarse en los protocolos de sostenibilidad en cirugía. El personal tiene que saber cuándo sustituirlo, cómo cerrarlo, dónde depositarlo y qué registro acompaña a su retirada. Si el sistema de captura acaba tratado como un residuo más, sin identificación ni seguimiento, se pierde buena parte de su valor ambiental y se complica la verificación de los resultados.

La tecnología tampoco debe utilizarse como argumento para mantener prácticas de alto consumo. Un quirófano que captura gases, pero conserva flujos innecesariamente elevados o mantiene agentes de alto impacto sin revisar sus indicaciones, está trasladando el problema en lugar de resolverlo. La jerarquía es sencilla: evitar el consumo que no aporta valor clínico, reducir el necesario y capturar lo que aún no pueda evitarse.

Hacia un modelo de quirófano sostenible: el papel del Grupo de Trabajo de Anestesia Verde

Las medidas individuales se sostienen cuando existen marcos institucionales que las respaldan. En España, el Ministerio de Sanidad impulsó la creación del Grupo de Trabajo de Anestesia Verde, con el objetivo de definir medidas clínicas y técnicas para el control de emisiones en los quirófanos del Sistema Nacional de Salud. Es la señal de que la anestesia baja en carbono ha dejado de ser una iniciativa aislada de servicios pioneros para convertirse en una línea estratégica del sector.

El reto consiste ahora en convertir ese marco en procedimientos concretos. Un hospital puede adherirse formalmente a los objetivos de sostenibilidad y, al mismo tiempo, no saber cuánto desflurano consume cada quirófano. La diferencia entre una declaración y una política operativa está en los datos, los responsables y la capacidad de corregir las desviaciones.

El Grupo de Trabajo de Anestesia Verde puede actuar como referencia para homogeneizar criterios, facilitar la formación y evitar que cada centro tenga que empezar desde cero. Pero la aplicación real corresponde a las organizaciones sanitarias y a sus equipos. La dirección debe proporcionar tiempo y recursos; farmacia, información sobre compras y consumo; mantenimiento, garantías sobre los equipos; y anestesia, la adaptación clínica de las medidas.

Un programa de reducción de la huella de carbono en quirófanos debería reunir, al menos, varios elementos conectados:

  • Gobernanza clara. Una persona o un equipo debe coordinar el proyecto y tener capacidad para convocar a anestesia, farmacia, compras, ingeniería, prevención y gestión ambiental.
  • Línea de partida. Antes de fijar objetivos hay que conocer el consumo de gases, la actividad quirúrgica, los equipos disponibles y el tratamiento actual de los residuos.
  • Protocolos clínicos adaptados. Las recomendaciones tienen que traducirse en decisiones aplicables a cada tipo de intervención, sin convertir la sostenibilidad en una instrucción genérica.
  • Formación continuada. El bajo flujo, la elección de agentes y el uso de sistemas de captura requieren competencias que deben mantenerse, especialmente cuando se incorporan profesionales nuevos.
  • Indicadores comprensibles. El cuadro de mando debe mostrar la evolución del consumo y relacionarla con la actividad, de modo que los equipos puedan entender el resultado de sus decisiones.
  • Revisión periódica. Un protocolo que no se revisa termina perdiendo fuerza. La evaluación debe identificar barreras, resolver problemas técnicos y actualizar las medidas cuando cambien las condiciones clínicas o de suministro.

La eficiencia energética en bloques quirúrgicos exige una coordinación similar. El ajuste de la ventilación o de los horarios de funcionamiento no puede decidirse al margen de la actividad asistencial, la prevención de infecciones y los requisitos técnicos del edificio. En este punto, la sostenibilidad no consiste en aplicar el mismo horario a todos los espacios, sino en conocer la ocupación real y adaptar la operación allí donde sea seguro hacerlo.

La gestión de residuos en quirófano debe seguir la misma lógica de precisión. Separar correctamente los residuos evita que materiales que no necesitan un tratamiento especial acaben en circuitos de mayor impacto. Pero separar no significa reciclarlo todo sin más: la clasificación debe respetar la normativa, la seguridad del personal y las características del residuo sanitario. La reducción empieza antes, en la compra y en la apertura de materiales, no únicamente junto al contenedor.

También hay margen en la selección de productos y proveedores. Las compras pueden incorporar criterios de durabilidad, reparabilidad, embalaje, transporte y posibilidades reales de reutilización. La decisión no puede basarse solo en el precio unitario, porque un material barato que se desecha de inmediato puede tener un coste ambiental y operativo mayor. Del mismo modo, la reutilización segura debe apoyarse en procesos validados, no en improvisaciones que desplacen el riesgo al personal o al paciente.

La descarbonización se decide dentro del circuito asistencial

El quirófano sostenible no es el que exhibe una tecnología concreta, sino el que consigue integrar sus decisiones ambientales en el circuito asistencial. La selección de un anestésico, el ajuste del flujo, el encendido de la climatización, la apertura de un paquete estéril o la retirada de un cartucho forman parte de la misma conversación: qué recursos se utilizan, qué valor aportan y qué ocurre con ellos cuando termina la intervención.

La prioridad inmediata está clara. Reducir el uso de desflurano y óxido nitroso cuando existan alternativas clínicas adecuadas, avanzar hacia flujos bajos con equipos y formación suficientes, medir el consumo real y estudiar la captura del gas residual. A partir de ahí, el centro puede abordar la energía, los materiales y la logística con una perspectiva menos fragmentada.

No se trata de pedir al personal que haga más con menos sin apoyo organizativo. Si la sostenibilidad depende únicamente de la voluntad individual del anestesista o de la enfermera de quirófano, el resultado será irregular y difícil de mantener. Las decisiones tienen que estar respaldadas por compras, mantenimiento, farmacia, dirección y sistemas de información.

La huella de carbono en quirófanos no desaparecerá con una campaña interna ni con un cambio aislado de proveedor. Pero sí puede reducirse de manera tangible cuando el hospital deja de considerar los gases anestésicos, la energía y los residuos como asuntos separados. La anestesia verde ofrece una puerta de entrada especialmente eficaz porque combina una decisión clínica inmediata con una medición relativamente concreta.

El siguiente paso no es prometer un quirófano de impacto cero. Es saber dónde se produce el impacto, qué parte puede evitarse y qué medidas tienen sentido en cada centro. En sostenibilidad sanitaria, la precisión vale más que el eslogan: medir, elegir, formar y revisar. Ahí empieza una reducción de emisiones que no compite con la seguridad del paciente, sino que se integra en una asistencia más responsable.

Preguntas frecuentes

¿Por qué los quirófanos tienen una huella de carbono tan elevada?
Su alto impacto se debe a la necesidad de climatización continua, la esterilización intensiva, el uso de material fungible y, fundamentalmente, a la liberación de gases anestésicos inhalatorios que no se metabolizan en el paciente.
¿Qué gases anestésicos tienen mayor impacto ambiental?
El desflurano tiene el mayor potencial de calentamiento global por unidad, seguido por el óxido nitroso, que además contribuye al deterioro de la capa de ozono y posee una persistencia atmosférica muy elevada.
¿Qué es la anestesia de bajo flujo y cómo ayuda?
Es una técnica que reduce el volumen de gas fresco suministrado al circuito, lo que disminuye significativamente la cantidad de gas halogenado que se libera a la atmósfera, siempre que se cuente con la monitorización y formación adecuadas.
¿Es la anestesia intravenosa total (TIVA) siempre más sostenible?
No necesariamente, ya que su impacto depende del balance completo de los fármacos utilizados, los dispositivos desechables y el consumo energético asociado, por lo que debe evaluarse en cada caso clínico.
¿Cómo funcionan los sistemas de captura de gases anestésicos?
Utilizan tecnologías como la adsorción sobre carbón activado para recoger el gas exhalado al final de la intervención, permitiendo su posterior recuperación y reciclado industrial en lugar de su emisión directa a la atmósfera.